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Ahora que, para casi todos, las vacaciones comienzan a parecer algo lejano y que la mayoría de nosotros ya estamos instalados en la rutina, comienza una nueva ronda de nuevos propósitos para llevar una vida más sana.

Comer saludable, tomarse las cosas con calma, ir al gimnasio o beber más agua son cuatro de las principales propuestas que todos nos hacemos en este momento; pero parece ser que en lo referente al último de ellos estamos bastante equivocados.

Siempre hemos escuchado que hay que beber al día ocho vasos de agua, que vienen a ser algo así como dos litros, pero según un estudio reciente, llevado a cabo por científicos de la Universidad de Monash, en Australia, la dosis de agua que necesitamos al día no es fija para todas las personas ni en todas las situaciones, por lo que más que obligarnos a beber esta cantidad concreta, deberíamos aprender a escuchar lo que nos pide el cuerpo. Sí, sí, lleva toda la vida pidiéndonoslo y nosotros no le hacemos ni caso.

¿Qué dosis de agua diaria necesitamos?

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Muchos de nosotros, cuando nos proponemos beber esos ocho vasos, nos damos cuenta de que llega un momento en que se convierte en todo un reto, pues cada vez apetece menos y se hace más complicado tragar el agua.

En un principio se lo achacamos a la pereza, pero en realidad, según estos investigadores, que han publicados sus resultados en PNAS, no es más que un aviso de nuestro cuerpo, que a través de la inhibición de la deglución (el proceso de tragar) nos está diciendo que no bebamos más, que ya tiene más que suficiente para su funcionamiento.

Todo depende de muchos factores, como la edad, la época del año en la que nos encontremos, lo que hayamos comido, el ejercicio realizado o la presencia de patologías más o menos graves.

Esto puede pasar justo después de beber los ocho vasos de agua, pero también puede ocurrir antes o después, pues en realidad todo depende de muchos factores, como la edad que tengamos (niños y ancianos deben beber más), la época del año en la que nos encontremos, lo que hayamos comido, el ejercicio que hayamos hecho o la presencia de patologías más o menos graves.

Alguien que acaba de correr una maratón necesitará más agua que alguien que lleva todo el día sentado, y alguien trabajando al Sol tendrá que beber más que otra persona que se emplea sentado en una oficina, por poner dos ejemplos.

El estudio que indica que no hay una dosis de agua concreta

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Para la realización del estudio, estos investigadores se ayudaron de un grupo de veinte voluntarios, a los que se les evaluó el esfuerzo que necesitaban para beber agua en tres momentos concretos: después de practicar ejercicio, cuando tenían sed o cuando habían bebido ya mucha cantidad.

De este modo, comprobaron que, como cabía esperar, cuando la dosis de agua se iba haciendo muy elevada, se les hacía más difícil tragar, teniendo que aplicar un gran esfuerzo para hacerlo.

Además, también aprovecharon para comprobar la actividad cerebral de los participantes a través de una resonancia magnética, llegando a la conclusión de que las zonas activadas eran diferentes si habían bebido suficiente o necesitaban más agua.

¿Por qué el cuerpo intenta que paremos de beber después de una dosis de agua concreta?

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Esta reacción de nuestro cuerpo parece tener lugar en respuesta a un proceso conocido como intoxicación por agua o hiponatremia, consistente en una dilución exagerada de los niveles de sodio en sangre, que lleva a que éste no pueda actuar sobre el organismo como suele hacerlo, llegando a producir síntomas que pueden ir desde náuseas y convulsiones hasta el coma, e incluso la muerte.

Sería necesario beber muchísima agua, durante mucho tiempo para que esto ocurriera; pero, por prevenir, nuestro cuerpo actúa, alertándonos para que no tomemos más dosis de la que realmente necesita.

No podemos tomar los resultados de este estudio como una verdad absoluta; pues, como sus propios autores reconocen, está realizado con una muestra muy pequeña, de sólo veinte voluntarios, y además utiliza un parámetro tan subjetivo como la incapacidad para tragar, sin tener en cuenta la correlación con los niveles de sodio en sangre.

De todos modos, sí que es lo suficientemente representativo como para tenerlo en cuenta y aprender a escuchar a nuestro cuerpo, pues nos pasamos la vida haciendo caso a los consejos de los demás, desoyendo lo que nuestro propio organismo quiere decirnos. Y, al fin y al cabo, él es el principal interesado en este asunto.

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