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¿Acabar siendo un criminal es innato? ¿Existen factores que puedan pronosticar que un niño de tan solo 3 años acabará siendo un criminal? La verdad es que son preguntas complicadas de hacer y por supuesto difíciles de responder (y, para mi, curiosas). Pero parece que Adrian Raine, criminólogo de la Universidad de Pennsylvania, también ha pensado en este y otros aspectos de las mentes criminales y lo ha relatado en su libro The Anatomy of Violence (La anatomía de la violencia), donde tras años de investigación habla sobre las diferentes características biológicas que acaban moldeando la “conducta criminal.

Por supuesto algunos de los primeros factores en los que podríamos pensar sobre un niño que, en un futuro, puede acabar en la delincuencia sería un hogar roto o abusivo, una situación familiar complicada (maltratos), una situación de pobreza, o alguno de sus progenitores como “ejemplo” de criminal convicto. Pero para el señor Raine existe un factor mucho más fácil y, digamos, peculiar: una frecuencia cardíaca baja en reposo. Según sus investigaciones a lo largo de varias décadas, aquellas personas que tienden a una frecuencia cardíaca baja en reposo poseen un indicador pronóstico más sensible incluso que el hecho de ser un fumador y poder acabar con un cáncer de pulmón.

Según Raine, el estado del cerebro también es de vital importancia (obvio, ¿no?), pues la genética, los accidentes durante el nacimiento o algunos eventos traumáticos durante la infancia podrían modificar el cerebro de tal manera que sus defectos podrían cronificarse y abocarnos a cometer robos, asesinatos o actos antisociales.

Para él esto es buena noticia, pues saber que hay algo roto significa que hay posibilidad de arreglarlo. Y las pruebas han demostrado que tiene razón, pues una intervención a tiempo puede reducir drásticamente la delincuencia violenta.

Hace unas décadas, en 1970, afirmar que había base genética en la delincuencia sería poco menos que una burrada. Pero ahora, como nos recuerda Raine, existen estudios con gemelos idénticos que han demostrado ser propensos a compartir comportamientos antisociales (sugieren un rasgo heredado). Incluso en gemelos idénticos criados por separado muestran una tendencia común hacia una conducta criminal. Entre estos factores hereditarios y genéticos destacan algunos genes específicos, como el llamado “Gen del Guerrero” o MAOA.

Posteriormente, en 1990, se empezaron a llevar a cabo estudios de imagen cerebral con asesinos convictos usando la técnica PET, donde se demostró que estos individuos tenían una menor actividad de la corteza prefrontal (àrea cerebral responsable del comportamiento y el control de los impulsos). Para que nos entendamos, estos asesinos eran menos capaces de contenerse en situaciones de estrés que el resto de los mortales.

Algo similar pasaba en los pacientes diagnosticados de un trastorno de la personalidad antisocial, donde se encontró que sus cortezas prefrontales eran un 11% más delgadas que las de las personas que no tenían dicho trastorno.

Pero no todo es genética en esta vida, y Raine también lo sabe, por lo que ha encontrado pruebas de que factores ambientales como madres que fumaban o bebían durante el embarazo podrían modificar el cerebro del feto en desarrollo. Incluso unos niveles de testosterona elevados en el útero materno podrían alterar el tamaño de la corteza prefrontal (que ya de por si es más delgada en los hombres, por lo que habría cierta explicación al hecho de que los crímenes más terribles suelen ser cometidos por el género masculino). También cabe añadir que las complicaciones durante el parto o los abusos durante la infancia también pueden dañar el cerebro, y para empeorar las cosas esta corteza prefrontal es especialmente vulnerable.

La parte más curiosa de toda su investigación es la que tiene que ver con la frecuencia cardíaca, pues Raine afirma que es un gran predictor de tendencias criminales, aunque no es 100% efectivo evidentemente. Eso si, hay un escaso porcentaje de individuos con frecuencias menores a 60 latidos por minuto en estado de reposo, como por ejemplo el propio Raine. o incluso yo mismo (su frecuencia suele ser de 48 latidos por minuto, y la mía suele ser de 55 latidos por minuto, y ninguno de los dos solemos delinquir demasiado que yo sepa). Para rizar el rizo, Raine también tiene un escáner cerebral con una corteza prefrontal más cercana a los criminales que a la gente de a pie, pero no por ello es un criminal.

Finalmente, Raine aboga sobremanera por la posibilidad de reeducar a los individuos con todos estos factores, pues también esta demostrado que una intervención a tiempo puede hacer mucho por evitar estas situaciones de delincuencia.

Y vosotr@s, ¿qué opináis? Personalmente me ha chocado mucho su “super-indicador” basado en la frecuencia cardíaca en reposo. Si lo pensamos bien, aunque existe poca gente con frecuencias de este tipo, basta con ser una persona tranquila o un deportista para obtener una frecuencia así (los ciclistas por ejemplo suelen estar bradicardicos, es decir, a menos de 60 latidos por minuto).

Vía | NewScientist.

Imagen | RNW.