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El miedo es uno de nuestros instintos más básicos y sobre el cual recae nuestra supervivencia, pero ¿Qué ocurre cuando el miedo sigue apareciendo ante situaciones habituales, de forma no adaptativa e interfiriendo con la vida diaria? Esto es lo que ocurre con las fobias, el estrés postraumático y muchos otros trastornos englobados en los trastornos de ansiedad.

Al ser uno de los problemas más frecuentes en nuestros días son muchos los estudios que intentan entender los circuitos cerebrales que regulan esta respuesta y ofrecer mecanismos útiles para revertir o eliminar esta respuesta, ya sea mediante terapias psicológicas o con medicación o drogas (en estos casos todavía en fase experimental). Hoy vamos a resumir el estado de la cuestión hasta el momento.

¿Cómo es la respuesta de miedo?

Veamos un ejemplo: Propongamos el caso por ejemplo de una persona que fue atacada por un perro (un animal que de por si no tiene porque desencadenar la respuesta de miedo sin más). Cuando esta persona vuelve a ver un perro por segunda vez ocurre lo siguiente: en una décima de segundo la señal visual ha alcanzado el área del cerebro encargada del almacenamiento de memorias emocionales (la memoria del miedo que sintió esa persona la primera vez), esta área identifica la situación como un peligro o amenaza y dispara la respuesta de la glandula adrenal, ello lleva a la liberación de adrenalina y cortisol. En menos de tres segundos la respuesta está en pleno funcionamiento, respiramos más rápido, el corazón late más rápido, se han detenido las funciones digestivas, estamos sudando y nuestras pupilas se han dilatado. El cortisol seguirá lentamente inundando la corriente sanguínea y contraproducentemente grabando aún más esa huella de miedo en nuestro cerebro ante el estímulo que la desencadenó. La dopamina fluirá por nuestro sistema para calmarnos y producir cierta sensación de bienestar y las células nerviosas segregaran endorfinas para paliar el dolor en caso de resultar heridos en el enfrentamiento. No es hasta pasados cinco minutos que el cerebro puede pensar claramente y la descarga de adrenalina disminuye, es entonces cuando nos damos cuenta de lo exagerado de nuestra respuesta, una respuesta que apareció de manera automática. Esta es la forma de nuestro cuerpo de prepararse para la lucha o escape ante un peligro. ¿La única pega? No podemos (en la sociedad actual) salir corriendo cada vez que veamos al perro de nuestra amiga, al del vecino o al de la calle. Esta respuesta primitiva ha perdido su función pues por medio de asociaciones está apareciendo en momentos en los que ya no nos es útil y en los que la amenaza ya no es real o no esta presente.

Exceptuando algunos miedos cómo el miedo a las alturas o a las serpientes (que en cierta manera se pueden entender como “lógicos” y presentes desde el nacimiento) el resto de miedos se aprender a través de la experiencia directa (o vicaria) y como conductas aprendidas pueden igualmente desaprenderse.

Las memorias emocionales de las que hablábamos antes se almacenan en el centro encargado de la respuesta de miedo (y del almacenamiento de emociones negativas y recuerdos), es decir; la amígdala (situada en el lóbulo temporal). La amígdala es plástica y se adapta ante la terapia de exposición.

Las terapias psicológicas.

La terapia cognitivo-conductual es de las más efectivas. Las terapias psicológicas en los trastornos de ansiedad o del miedo trabajan con ejercicios que implican una reprogramáción de ese circuito que identifica la situación como amenazante y desencadena después la respuesta de miedo, así pues estas terapias sobrescriben la información que circula en estos circuitos de manera que el estímulo que elicitaba el miedo (por ejemplo en el caso anterior: los perros) ahora elicite otro tipo de respuesta (indiferencia, agrado…). Esto se consigue mediante la repetición de ejercicios que desconfirman las creencias, mediante una exposición repetida sin consecuencias negativas. Lo que conseguimos así es sobrescribir la huella que dejo esa situación de miedo (tan impactante que se graba aunque solo ocurra una vez) con una huella nueva opuesta a la anterior (que llevará varios intentos instaurar). Así pues desaprendemos la respuesta de miedo, o lo que es lo mismo aprendemos otra más útil.

Los tratamientos psicológicos no se recomienda se utilicen conjuntamente con sedantes pues estos al enturbiar las reacciones impiden el correcto procesamiento de la situación y por lo tanto dificultan el aprendizaje. Las terapias psicológicas son muy efectivas pero esta claro que llevan su tiempo (aunque algunas fobias si pueden curarse en una sola sesión intensiva y son en realidad de los tratamientos más estructurados y cortos dentro de los problemas psicológicos).

Dependiendo del tipo de trastorno se trabajaran además otras áreas como las emociones, la autoestima, las distorsiones cognitivas, etc… Pero la idea de base en la mayoría de trastornos relacionados con el miedo es sobrescribir la respuesta de nuestro circuito cerebral ante la situación mediante el aprendizaje (sabiendo que la repetición puede modificar las conexiones sinápticas, fortalecer o debilitar unas u otras). Por lo tanto reconsolidaremos las memorias reescribiéndolas.

Los fármacos que están por venir.

Hoy en día para el miedo, igual que para la ansiedad se recetan Valium u otros relajantes. La pega es que estos sólo entumecen la percepción del miedo temporalmente pero no lo curan ni solucionan el problema, es como tapar los síntomas pero estos seguirán reapareciendo la próxima vez que nos expongamos a la situación o cuando el efecto de la medicación se pase. Por ello se intentan estudiar otro tipo de sustancias (de momento de uso ilegal) para poder identificar nuevos compuestos a utilizar en futuros medicamentos que ofrezcan un tratamiento más eficaz actuando directamente sobre el circuito cerebral que regula esa respuesta de miedo (fármacos con una acción más específica).

Empezaremos mencionando el D-cycloserine (usado en el tratamiento de la tuberculosis) que parece acelerar la respuesta de desaprendizaje del miedo (en terapia de exposición). Otra droga que esta ahora causando gran interés es el MDMA (popularmente conocido como éxtasis), esta droga que aún esta siendo estudiada de forma experimental parece ofrecer nuevos caminos en el tratamiento del trastorno de estrés postraumático (TEP), esto se debe a que los casos de TEP sufren de un impacto tan grande en la amígdala (por la intensidad de la situación) que esta se vuelve excesivamente sensible y responde de forma muy primaria, por lo que puede haber problemas para sacar beneficios en una terapia normal. El MDMA permitiría entumecer la respuesta emocional de la amígdala sin entumecer otros sentidos (como ocurre con el Valium) y favoreciendo la relación terapéutica con el terapeuta, permitiendo a la gente reencontrarse con la experiencia emocional inicial que desencadeno el trastorno sin que esta sea tan abrumadora que la persona no pueda codificarla correctamente por su intensidad (es decir, convierte la respuesta emocional en manejable).

Un estudio israelí demostró que la inyección de cortisol inmediatamente después de sufrir una experiéncia traumática hacía que los sujetos presentarán menos consecuencias emocionales ante el evento y menos duraderas. Así mismo el instituto Lieber de Baltimore señalo que el psilocybin (componente psicodélico de los “hongos mágicos”) había eliminado el miedo condicionado (aprendido) en los ratones de laboratorio (se espera que en un futuro se puedan trasladar los estudios a humanos con TEP).

Se barajan también otros sistemas como por ejemplo drogas que aumenten el BDNF (Brain derived neurotrophic factor), un compuesto fabricado de forma natural en nuestro cerebro que influye positivamente en el re-aprendizaje de memorias, eliminando (aunque no completamente) el aprendizaje del miedo anterior, por lo tanto la droga que lo potenciase, potenciaría también la “cura” del miedo. El problema es que esto solo parece ser efectivo de forma específica en el córtex infralimbico prefrontal de los ratones.

Otros estudios con ratones hablan del FAAH (Fatty Acid Hidrolase) este ácido descompone un químico endocannabinoide natural del cerebro (que produce un efecto similar de reducción de la ansiedad al que produce el cannabis). En ratones el uso de drogas que bloquean esta sustancia (FAAH) permitía un desaprendizaje del miedo más rápido, pues se impedía la degradación del endocannabinoide que podía así ayudar a la reducción del miedo. Algunas personas tienen de forma natural un nivel más bajo de FAAH y por ello seguramente controlan mejor sus respuestas de miedo, en otros se investiga como inducir la reducción de los niveles de FAAH.

En conclusión podemos decir que no existe una cura en forma de medicamento para el miedo y que la terapia es sin duda la opción más efectiva y recomendada de momento, siendo capaz de reprogramar nuestras respuestas ante el miedo como haría un medicamento, y, hasta que estos lleguen, nos tendremos que conformar con un proceso terapéutico, que, aunque más lento, a mi juicio es más seguro, más sano y con menos efectos secundarios.