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Con la llegada del invierno y del frío, un cierto nivel de desidia y reducción de la actividad se entienden como lógicos. Hay menos luz, y el ritmo biológico, como ocurre con muchos animales, se modifica, y altera la vida diaria. No en vano, el 90% de las personas sufre modificaciones conductuales, no patológicas, en relación con la luz solar.

Esta disminución de la luz aumenta las probabilidades de que algunas personas más sensibles desarrollen trastorno afectivo estacional, o dicho de otra manera, “depresión de invierno”. Desconocida y poco diagnosticada, afecta más de lo que parece. Se considera que la padece cerca de un 5% de la población de forma invalidante, y casi un 20% de forma leve. Ahora que llega la época de los abrigos, detengámonos a hablar un poco de ella.

No se sabe muy bien por qué ocurre, más allá de la disminución de la luz en el contexto de su papel en la producción de dos hormonas clave en el cerebro, la melatonina y la serotonina. Éstas podrían estar involucradas en el desarrollo del trastorno al saber que ayudan a regular los ciclos de sueño-alerta, la energía y el estado de ánimo. Los días más cortos y el mayor tiempo de oscuridad que llegan con el frío podrían causar un aumento en los niveles de melatonina y una disminución en los niveles de serotonina, que podrían crear condiciones biológicas para la depresión.

Sí que se sabe que las mujeres padecen el trastorno con más frecuencia, así como aquellas personas que viven en países con menos sol. Los síntomas son similares a los de la depresión, aunque se dan de forma más leve:

  • Aumento del apetito y de las ganas de comer dulces, con el consecuente aumento de peso. Huelga decir que en otras formas de depresión, lo que es más común es la pérdida de peso.
  • Aumento del sueño y somnolencia diurna excesiva, al contrario que en otras formas de depresión, en las que el poder dormir brilla por su ausencia.
  • Menos energía y capacidad para concentrarse en las tardes.
  • Pérdida de interés en el trabajo y otras actividades.
  • Movimientos lentos, perezosos y letárgicos.
  • Aislamiento social.
  • Tristeza e irritabilidad.

Fototerapia y largas caminatas

Si la falta de luz es uno de los motivos principales de la aparición de este trastorno, la fototerapia acontece como tratamiento habitual para el mismo. Con este abordaje, la mitad de los pacientes responden de forma positiva.

Otras formas de tratamiento incluyen, claro está, antidepresivos y psicoterapia. No obstante, la levedad de la mayoría de los síntomas, y en la mayoría de los afectados, conduce a tratamientos que incluyan largas caminatas durante las horas del día y ejercicio. También se recomienda mantenerse activo socialmente, incluso si esto implica algún esfuerzo.

En general, el tratamiento es exitoso, pero en los casos más graves el trastorno puede convertirse en una depresión prolongada, o aparecer de igual modo el invierno siguiente.

Investigación de años

Norman Rosenthal, profesor de psiquiatría clínica de la Universidad Georgetown, de Washington, que hasta 1999 y durante 20 años ha investigado este tipo de depresión en el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos. Él y su grupo de investigadores, como se indica en este artículo de El País, fueron quienes hace 20 años comenzaron a relacionar cierto tipo de depresión con la luz solar cuando un subgrupo de pacientes consultaba la razón por la que todos los años empezaban a tener los primeros síntomas en septiembre, con la llegada del otoño y los días más cortos, y mejoraban espontáneamente con la primavera, cuando el día es más largo.

También son sus estudios los que han llevado a la conclusión de que el tratamiento de estos enfermos se basa en la fototerapia, como ya hemos indicado. Con su equipo equipo ha desarrollado diferentes modelos (cajas de luz brillante de distintos tamaños y formas) para recibir el tratamiento en hospitales, consultas o en el propio domicilio. Se pueden adquirir en el mercado norteamericano y también a través de su página web.

Fuentes | Consumer, El País