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A lo largo de toda la historia del ser humano hemos intentado encontrar respuesta, de distintas maneras, a cómo hemos llegado aquí. Hasta hace varios siglos este terreno estaba vedado a las religiones y las supersticiones, que buscaban las explicaciones más variopintas. Sin embargo, en el siglo XIX Charles Darwin diseñó las bases científicas que se encontraban tras esta pregunta. En la actualidad, las nuevas técnicas de ADN nos permiten ir un paso más allá, seguir la historia de la evolución humana casi paso por paso. Gracias a ellas, un reciente estudio desvela las modificaciones que se produjeron en el genoma humano tras el desarrollo de la agricultura; en definitiva, los cambios que hicieron que dejáramos de ser cazadores para convertirnos en productores de nuestros propios recursos.

La selección natural entre los primeros agricultores

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El desarrollo de la agricultura por parte del ser humano supuso un hito en su historia evolutiva. Permitió una menor vulnerabilidad frente a cambios climáticos y estacionales; menos dependencia de la cantidad de caza; nos hizo animales sedentarios; generó una mayor cantidad de recursos que posibilitó el crecimiento de la especie… Dadas las ventajas que suponían estas técnicas, la selección natural se encargó de elegir a aquellos humanos más aptos para la agricultura, seleccionando específicamente una serie de genes relacionados con el metabolismo, el tamaño y el color de piel, entre otros.

Esto es lo que revela un estudio publicado en la revista Nature este mes y llevado a cabo por un amplio equipo científico internacional. En él participaron, entre otros organismos, la Harvard Medical School y la University College Dublin. Analizando el ADN de 230 de nuestros antecesores que vivieron entre el 6.500 y el 300 a.C. en la frontera entre Europa y Asia, pudieron conocer el genoma antes, durante y después del desarrollo de la agricultura. Estos humanos poblaron la península de Anatolia (actual Turquía) y la región de Samara, en la Rusia Europea, y fueron los primeros granjeros de Europa.

La conclusión es que la mayoría de variaciones afectaron a genes relacionados con el tamaño, la digestión de lactosa en adultos, el metabolismo de ácidos grasos, la regulación de los niveles de vitamina D, la menor pigmentación de la piel y la aparición de los ojos azules. También se vio afectado un gen ligado a un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad celíaca. Todos ellos se relacionan con el cambio de dieta que se produjo con la agricultura, la necesaria adaptación a climas fríos al convertirnos en animales sedentarios, y el desarrollo de nuestro sistema inmunitario, requerido al aumentar la densidad de población y convivir con gran cantidad de animales domesticados y otros seres humanos.

Los investigadores también han encontrado la respuesta a por qué los habitantes del sur de Europa solemos ser más bajos que los del Norte. Este hecho se debe a que los Europeos del Norte provienen de las poblaciones de la estepa Euroasiática, más altos que los pobladores Neolíticos de la Península Ibérica

El estudio del ADN antiguo, una nueva era en arqueología y genética

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Este trabajo ha sido posible gracias al desarrollo de nuevas técnicas para el estudio del material genético de nuestros antepasados. Hace pocos años, los estudios genéticos de este tipo se basaban en encontrar entre la población actual vestigios de genes que pudieran encontrarse en nuestros antepasados lejanos. Sin embargo, en la actualidad es posible extraer y analizar el ADN contenido en los fósiles.

El ADN antiguo o aADN es el extraído de restos orgánicos fosilizados y tiene varias características. En primer lugar, se encuentra siempre fragmentado, siendo muy complicado encontrar moléculas de más de 100 pares de bases. Además, siempre contiene modificaciones asociadas al paso del tiempo y a la muerte del individuo, como las oxidaciones. Las nuevas técnicas de obtención y análisis hacen del aADN una prometedora herramienta en los estudios evolutivos. De ellas, destaca su obtención a partir de un denso tejido óseo, con forma piramidal, que se encuentra en el interior del sistema auditivo. Esta zona posee hasta 700 veces más ADN que otros huesos, incluidos los dientes. 

La utilización de este ADN ha sufrido un aumento sin precedentes en el último año. Este mismo grupo de trabajo afirma que hace 14 meses solo disponían de 10 muestras; ahora han podido estudiar 230. Por ello, las posibilidades que presenta son infinitas. En los próximos años se intentará dar respuesta a la evolución del índice de masa corporal, de la diabetes tipo 2 y de los niveles de lípidos en el cuerpo humano. Asimismo, se quiere ampliar el estudio a poblaciones no europeas y otras especies para entender, por ejemplo, los cambios genómicos asociados a la domesticación de los animales.

Vía | EurekAlert! (Harvard Medical School).

Fuente | Nature.