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En la naturaleza no existen conductas caprichosas. Todas las características o los modos de actuación de un ser vivo le aportan o le han aportado ventajas en su supervivencia. Esta premisa también puede aplicarse a la religión humana, desde las culturas chamanistas a la vaca sagrada hindú.

La religión según la antropología

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Anteriormente en Medciencia hemos tratado la religión desde el punto de vista sociológico psicológico. Sin embargo, el antropólogo estadounidense Marvin Harris aporta una teoría complementaria sobre ella que merece atención. Harris fue el fundador de la teoría del materialismo cultural, según la cual toda la evolución cultural humana ha dependido de los recursos disponibles en el entorno. Así, las relaciones sociales que se establecen entre individuos, los comportamientos prohibidos y permitidos en una sociedad, las formas de organización, el arte y la religión se han ido puliendo y modificando con el objetivo de conseguir alimentos y otros recursos.

Por tanto, las condiciones del medio marcan el desarrollo cultural humano. Esta es la razón de las grandes diferencias que encontramos en todos los niveles culturales entre la sociedad occidental actual, la de los masáis en África y la de los indígenas del Amazonas. Por ejemplo, en ciertos grupos humanos de diferentes regiones del mundo existe una práctica que a los occidentales puede parecernos salvaje: el infanticidio. En efecto, algunos pueblos del norte de Brasil dejan morir consciente o incoscientemente a sus hijos cuando se ponen enfermos. Para ello aportan diferentes razones, como que no había remedio, que el niño era débil o que había sido poseído por algún espíritu o animal.

Tanto esta práctica como la repulsión que nos provoca tienen explicación antropológica. Las sociedades de este tipo son extremadamente pobres, de manera que no hay recursos suficientes para todos. Además, la mano de obra de la madre es fundamental, por lo que la sociedad crea un modo de pensamiento que hace tolerable una práctica que, en realidad, asegura el futuro de la población. Si no ocurriera y el número de habitantes creciera ilimitadamente, todos deberían enfrentarse a la escasez de alimentos. En cambio, en occidente tenemos medicamentos y alimentos suficientes para todos, por lo que permitir esta práctica sería un lastre innecesario para el objetivo de toda especie: el crecimiento de la población.

El caso de la religión hundú y su vaca sagrada

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Para entender cómo la religión ayuda a adaptarse al ser humano a las condiciones del ambiente podemos trasladarnos a la India, donde las vacas se consideran sagradas. Esto, que a nosotros puede sonarnos a capricho, tiene su explicación. En la sociedad India no siempre ha estado prohibido comer carne vacuna. Incluso, en el Neolítico se sacrificaban en ritos religiosos. Sin embargo, cuando el subcontinente indio comenzó a superpoblarse, comenzó a ser difícil el acceso a alimentos y comenzó a utilizarse cada vez más territorio como campos de cultivo. Pero, si hay déficit de alimentos, ¿no es mejor consumir carne del ganado?

Pues en realidad no. En primer lugar, porque el aumento de campos cultivados dificultó la alimentación del ganado, por lo que los pastores gastarían más energía criando las vacas de lo que conseguirían al consumirlas. Además, estos animales en la India son muy apreciados a la hora de tirar de arados en el cultivo del campo. Por ello, si una sociedad superpoblada consumiera este animal, acabaría pronto con él lo que, además, repercutiría en la agricultura. En definitiva, considerar sagradas las vacas es una inversión rentable: multiplica los recursos disponibles. Citando a Mahatma Gandhi:

Me resulta obvio por qué la vaca fue seleccionada para su apoteosis. La vaca era en la India la mejor compañera. Era la donante de la abundancia. No solo daba leche, sino que también hacía posible la agricultura.

De esta teoría pueden sacarse numerosas conclusiones. Por ejemplo, el machismo imperante en prácticamente todas las religiones y sociedades humanas no es más que un reflejo de que el trabajo del hombre ha sido más valorado desde hace miles de años por sus aptitudes físicas, desde la caza de grandes animales hasta la guerra. Por tanto, la base de este comportamiento ha sido la mejor disposición del hombre a la hora de obtener recursos. Esto, en las sociedades industriales, ha dejado de tener sentido puesto que el trabajo físico es mucho menos importante. Por ello, si queremos acabar con esta lacra, debemos interiorizar y divulgar que la mujer es igual de útil (si no más) que el hombre en la actualidad. Luego, la evolución cultural hará el resto.